Aprender a amarte a ti mismo es el amor más grande de todos.


Filadelfia, 1948…Lillian Creed creció en el norte de la ciudad, en el seno de una familia trabajadora. Su entorno era humilde, pero Linda tenía un escudo y un arma que nadie le podía arrebatar: las palabras.
Desde muy joven, llenaba cuadernos enteros con poesía. Expresaba sentimientos que nadie a su alrededor sabía cómo poner en voz alta. Para ella, el dolor se convertía en ritmo y la esperanza se transformaba en melodía.
Siendo apenas una adolescente, comenzó a frecuentar los estudios de grabación. Corrían los años sesenta y Filadelfia estaba escribiendo las páginas doradas del sonido soul. Linda esperaba pacientemente fuera de las puertas. Pedía mirar, solo para aprender, solo para respirar de cerca esa magia.
Pronto, los productores notaron su presencia. Era una joven mujer negra que sabía escribir y que entendía a la perfección cómo unir el alma de las palabras con la fuerza de la música.
Comenzó a trabajar con el músico Thom Bell. Él componía las melodías; ella escribía las letras. Juntos, crearon una maquinaria de éxitos. En 1971 llegó su primer gran impacto: “Stop, Look, Listen (To Your Heart)” para la agrupación The Stylistics, entrando directo al Top 40.
Después nació “Betcha by Golly, Wow”, la banda sonora de incontables bodas y aniversarios. Y más tarde, “You Make Me Feel Brand New”, que alcanzó el número 2 en las listas, vendió millones de copias a nivel mundial y obtuvo un disco de oro.
Tenía poco más de veinte años. Estaba creando éxito tras éxito, haciendo famosos a otros artistas y generando fortunas para productores y sellos discográficos. Ganaba bien, pero no se hizo rica. Ella solo seguía trabajando, creando y escribiendo desde la sombra.
Bajo su pluma nacieron temas de comentario social envueltos en belleza como “People Make the World Go Round”, además de composiciones para The Spinners y Johnny Mathis. Artistas cuyos nombres todo el mundo conoce.
Pero casi nadie conocía el de ella.
El diagnóstico
En 1976, la música se detuvo de golpe.
Linda comenzó a sentirse exhausta. Le aparecieron moretones inexplicables en la piel y un dolor profundo en los huesos que se negaba a ceder. Tras someterse a múltiples pruebas médicas, llegó la sentencia: cáncer de mamas avanzado. La enfermedad ya se había extendido a sus ganglios linfáticos.
Tenía solo 27 años.
El tratamiento comenzó de inmediato. La quimioterapia recorrió su cuerpo, la radiación le quemó la piel y las cirugías le arrancaron partes de sí misma. Perdió el cabello. Perdió peso. Lo perdió casi todo… excepto sus palabras.
Siguió escribiendo durante cada doloroso tratamiento, en cada ingreso hospitalario, en cada instante en que la muerte le susurraba al oído.
En 1977, en mitad de ese infierno, escribió algo completamente distinto. Algo que no venía de la industria, sino de un lugar mucho más profundo: “The Greatest Love of All”.
La canción fue asignada originalmente para la película The Greatest, inspirada en la vida de Muhammad Ali. Tenía que ser una canción sobre un boxeador, pero Linda la transformó en un manifiesto sobre la resistencia humana.
«Aprender a amarte a ti mismo es el amor más grande de todos».
Escribió esos versos mientras su propio cuerpo la traicionaba, mientras el cáncer la consumía por dentro. Aprendió en carne propia que amarse a uno mismo también significaba tener el coraje de seguir adelante en medio del dolor absoluto.
George Benson fue el primero en grabarla y se convirtió en un gran éxito. La gente la cantaba con pasión, pero en los créditos del disco solo aparecía su apellido junto al de Michael Masser. Para el público general, ella seguía siendo invisible. Otra compositora más al fondo del escenario.
La última batalla
El cáncer entró en remisión por un tiempo y Linda creyó haber ganado la batalla. Siguió creando éxitos como “Rubberband Man” para The Spinners. Más triunfo invisible.
Pero en 1980, la enfermedad regresó con una violencia devastadora. Esta vez invadió sus ganglios, su hígado y sus pulmones. Estaba por todas partes.
Y ella, de todos modos, siguió escribiendo. Las palabras eran lo último que le quedaba.
A mediados de los años ochenta, el desenlace era inevitable. Linda entraba y salía de hospitales, conectada a máquinas y rodeada de medicamentos que ya no eran suficientes. Pero mantenía un cuaderno junto a su cama de hospital. Escribió hasta el último aliento.
Linda Creed falleció el 10 de abril de 1986. Tenía solo 37 años. Su funeral fue pequeño, asistido por su familia y unos pocos músicos de la industria que la recordaban.
El nacimiento de un mito
Poco después de su partida, ocurrió algo histórico. Whitney Houston había grabado una versión de “The Greatest Love of All” para su álbum debut. En ese mismo año, 1986, la canción explotó a nivel mundial, transformándose en uno de los himnos más emblemáticos de su carrera y en una de las piezas más interpretadas de la era moderna.
Whitney la cantó en estadios repletos, ceremonias internacionales y magnos escenarios. Cada vez que sonaba el coro que llamaba al amor propio, millones de personas escuchaban la voz interna de Linda.
La inmensa mayoría de esos millones de personas nunca supo que el tema fue concebido por una mujer que se apagó a los 37 años, plasmando la importancia de valorarse a sí misma mientras su propia salud se destruía.
El Salón de la Fama de los Compositores la incorporó de manera póstuma en 1992. Fue un honor inmenso, pero su nombre siguió quedando sepultado bajo el peso de sus propias creaciones.
Hoy en día, si le preguntas a cualquiera en la calle quién escribió esa obra de arte, casi todos responderán de inmediato: Whitney Houston.
Casi nadie dice Linda Creed.
Sus letras han rescatado a personas de la depresión, del maltrato, de la adicción y de la soledad absoluta. Diseñó palabras que marcaron bodas, graduaciones y funerales. Nunca ocupó el centro de los reflectores ni llegó a presenciar el impacto de su legado, pero sus anotaciones en cuadernos desgastados sobrevivieron al tiempo.
La próxima vez que escuches esta melodía, recuerda a la mujer detrás del papel. Di su nombre: Linda Creed.
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